Pese a recolectarse, desde antiguo, abundante cáñamo en sus huertas y proporcionar cantidad de lana sus ganados, no tenemos conocimiento de que hayan existido telares ni tejedores en el pueblo.

 

            Sin duda, ello es debido al gran desarrollo de una industria específica, la manufacturación de toda clase de objetos a base de esparto, ya desde tiempos antiguos, desarrollada industria que dio lugar a que el antes mencionado Madoz nos dijera en 1847, "...tienen buenas tierras de regadío y secanas, pero muy abandonadas por dedicarse con preferencia a la fabricación de toda clase de artículos de esparto..."

 

            Ciertamente, sin que podamos concretar desde cuándo, el obraje con esparto ha sido ocupación casi total de todos sus habitantes: chiquillos y mayores, hombres o mujeres, jóvenes o viejos. A todos les hemos visto en el primer medio siglo XX, dedicados a fascar (del latín "fascalis" de "facis" haz o manojillo de esparto) tanto de día como de noche, mañana o tarde, laboral o festivo, siempre con el manojo de esparto bajo el brazo y varias briznas constantemente renovadas, en la boca, preparando con la lengua las precisas a agregar a cada pasada de la "llata" o pleita (tira sin fin de esparto trenzado) de trece camales, que van arrollando paulatinamente.

            Para confeccionar la pleita se reunían los familiares en el zaguán de la vivienda, llamada "entrada", en la misma cocina y, si el tiempo era apacible, en la puerta de la calle junto a otros vecinos ocupados en el mismo menester,  y era digno de ver cómo  trenzaban la pleita con agilidad, soltura y destreza sin mirar el trabajo, cómo con la lengua pasaban las briznas precisas a los labios, cómo eran cogidas con los dedos y colocadas en el sitio con precisión, y cómo a la vez podían hablar y sostener conversación con los convecinos, sin dificultad alguna, cual hacen los fumadores con el cigarro o pitillo entre labios.

 

            De igual modo se podian ver los niños y niñas por la calle, ya jugando, ya yendo o volviendo del colegio con el portalibros en bandolera, el insustituible hacecillo de esparto bajo el brazo y los dedos ocupados en confeccionar "cosedera" o soguilla de tres cabos y poco más del metro de longitud, precisa para unir o coser la pleita.

 

            Con estos dos elementos y una aguja de acero de dos ojos para enhebrar la cosedera, fabricaban esteras para suelos, carros y otros usos, de longitud, forma y dimensiones a petición; seras para carbón y otras aplicaciones; serones, sarrias, baleos de diversos tamaños; aguaderas para cuatro o seis cántaros, banastos, capazos o capachos de capacidad y forma variable, según sean para destino doméstico, para faenas de campo, para la construcción, para prensas de aceite, orujo de vino, etc.

 

            La pleita la unían mediante la aguja de dos ojos y la cosedera, con tan extraordinaria habilidad que, sin apenas mirar, lanzaban la aguja sobre el borde, elevándola en el punto exacto, tanto a derecha como a izquierda.

 

            Además de elaborar cuanto antecede, a base de esparto rígido, confeccionaban una serie considerable de artículos de esparto maleable previamente picado o mazado por el propio artesano o su familia, para cuyo fin usaban una gruesa piedra rodada, de río, semienterrada en el zagúan junto a la puerta, o con preferencia en la calle, al lado del dintel, con la ventaja de no tener que barrer los desperdicios desprendidos. Un cilindro de madera de adecuada longitud y grosor con un mango en el extremo circular llamado "maza de esparto", completaban los instrumentos precisos para el mazado del esparto virgen, operación que verificaban golpeando el hacedillo con la maza, sobre la piedra, hasta conseguir un mullido y afinado a voluntad.

 

            Con las fibras de este "esparto picado" confeccionaban soguillas de tres cabos y sogas idénticas pero más gruesas, para usos domésticos; también cuerdas de dos cabos retorcidos y sogas redondas de cuatro cabos para acarreos con caballería y otros variados usos. Sin embargo, lo que se confeccionaba en mayor escala era la "jareta" o cinta trenzada de siete cabos con la que se elaboraban diversos artículos, en especial suelas de calzado conocido por espardeñas o esparteñas, con puntas y taloneras de cuerda fina de dos cabos; protectores para calderas y pequeños calderos de cobre, recipientes de barro, madera u otra materia digna de resguardar; calabazas de cuello alto para vino u otro líquido, etc. Artículos protectores desaparecidos, igual que muchos de los objetos protegidos, sólo visibles en algún que otro museo rural.

 

            Lo manufacturado que no era de encargo se vendía en el domicilio a arrieros, traficantes o particulares, era llevado a la Posada de los "Temprano", aun funcionando junto a la N-420, donde lo recogían, abonaban el importe de lo confeccionado y transportaban a los almacenes de Teruel o facturaban en su estación ferroviaria. Seguidamente recogían y conducían nuevas partidas a Libros se distribuía y continuaba el ciclo.

 

            Esta industria, que tan saneados ingresos proporcionaba a los moradores del lugar durante siglos, ha desaparecido casi totalmente a tal extremo que hoy serán pocos los que pudieran llamarse expertos y profesionales en tan específicas labores.

 

            Otra industria centenaria era el molino maquillero, dado de baja para harina panificable, quedando en función solo para piensos.

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