Si bien sobre las primeras solamente merecen ser destacadas algunas de yeso, como los mencionados Algezares, no sucede  igual con la minería, excepcionalmente importante en una sola faceta, la de extracción, destilación y obtención de azufre.

 

            Efectivamente, en los montes sureste casi colindante con tierras de Ríodeva, se descubrieron hacia 1820, ricos yacimientos de azufre impregnando los grandes estratos pizarrosos que forman el subsuelo, iniciando la explotación diferentes empresas, sobre cuyo extremo nos informa Pascual Madoz:  ..."y en su término se encuentran varias minas de azufre, que en la actualidad (1847) se benefician por diferentes asociaciones, siendo de las más aventajadas las explotadas por la Sociedad Zapateu y consortes, con magnífica fábrica, almacenes habitaciones y oratorio. En sus diversos hornos de fundición se obtienen variados productos, particularmente la flor de azufre, todos de superior calidad...". De la existencia y presencia de estas variadas sociedades extractoras nos ha quedado recuerdo en la llamada "Casas de los Ingleses" a la vera de la Rambla de Ríodeva.

 

            Posteriormente se refundieron en una sola  la inglesa, quien poseía la mayoría  de acciones, pasando más tarde por compra o reorganización a manos de la industrial Química Zaragozana, S.A.,  la que a principios de siglo XX aparece explotando estos yacimientos azufreros.

 

            Esta empresa convirtió la zona en un emporio de riqueza, hasta el extremo que allá por el 1920 se habían construido varios bloques de casas, con numerosas viviendas en las plantas bajas y piso superior, recorridas éstas por un longitudinal pasillo y escaleras al suelo. En ellas vivían las familias de los numerosos mineros, peones administrativos y servicios auxiliares, carpinteros, herreros, albañiles, etc.

 

            Este variado personal era de diferente procedencia, con predominio murciano. También estaba compuesto por trabajadores hijos de los pueblos del circundo que tras larga caminata, llegaban por la mañana al trabajo y regresaban a su domicilio al anochecer.

 

            Los diferentes bloques de viviendas y otros usos estaban tirados a cordel, con amplias calles, terminadas en una enorme plaza cuadrada, continuaban hasta la Iglesia excavada en las colinas bajas del inclinado monte, bastante alejado todo ello de las Minas. Ubicado en la cimera del monte  los hornos, almacenes, oficinas de la empresa y grandes naves en que se depositaba el azufre obtenido, instalado todo ello a nivel inferior, evitando la contaminación.

            Los varios centenares de personas allí asentadas superaban la población del propio Libros, motivando la instalación de escuelas de ambos sexos, carnicerías, tiendas, puesto de Guardia Civil, sacerdote, médico, practicante, barbero y cooperativa de consumo de la empresa.

 

            Recuerdo que la Fiesta Mayor celebrada el 8 de agosto de 1924, en honor de San Lorenzo, actuaba una banda de música de aire solemnizando la Santa Misa, tras la cual visitamos bares y tabernas. Por la tarde, moradores y del circundo nos congregamos en la plaza donde se había construido una "plaza de toros" con troncos hincados en el suelo y horizontales cercando el ruedo.

 

            En el centro del anillo clavaron un eje de carro, sobresaliendo unos 70 centímetros y una rueda en el extremo, con tablero adosado, al que se subían algunos valientes. Se lidiaron dos novillos grandes y bravos, toreados por los más osados espectadores, ocasionando la hilaridad del público al recibir algún que otro achuchón o acometían a los subidos a la rueda, que en su giro hacía peligrar a unos y otros. Ignoro si hubo estas capeas antes y después de la indicada.

 

            De las entrañas del monte que se eleva a oriente del barrio y la factoría se extraían las pizarras azufrosas mediante numerosas minas convirtiendo el monte en verdadero laberinto de agujeros, trasladándolas con vagonetas a los hornos instalados cerca de la Rambla de Ríodeva, sin embargo a considerable altura sobre el nivel de su lecho.

 

            Había varios hornos seguidos, con sus respectivas y grandes cámaras adosadas, desde cuya parte superior caía azufre en forma de fino polvo o "flor de azufre", hasta llenarla por completo, en cuyo momento era desviado el chorro polvóreo a otra contigua.

 

            De la cámara llena se extraía el azufre, llenando sacos de 25 kilos, depositándolos en otros almacenes de donde eran transportados en carros hasta la estación ferroviaria de Teruel, bien directamente, ya descargándolos en el almacén contiguo al río Turia, donde lo recogían otros transportistas ocasionales trasladándolos a la estación. Al principio, estos transportes los verificaban los particulares en sus carros de varal y tiro, o pértiga y yugo, más, como al parecer el servicio no era muy constante, la misma empresa adquirió varias carretas de varas, grandes y voluminosas, tiradas por tres o cuatro mulas poderosas que lo conducían hasta Teruel, desde el mencionado almacén.

 

            Para ello instalaron una vía férrea desde este almacén hasta los depósitos de la factoría, dotándola de un tren con poderosa máquina y estrechos vagones de carga, parecidos a los de juguete, pues era vía estrecha, convoy que subía y bajaba zigzagueando por las laderas del monte hasta su destino, funcionando durante varios años, del que no queda recuerdo, pero que todavía puede observarse la trayectoria seguida.

 

            No olvidemos exponer que para la destilación de las pizarras, el hogar de los hornos era alimentado inicialmente por los lignitos extraídos de una mina cercana a la aldea de Más del Olmo, en el término de Ademuz, pobre de calorías, pero suficientemente útil a tal fin.

            Posteriormente, los químicos observaron que aquellas pizarras sin azufre que, inservibles, se tiraban a un barranco contiguo, contenían sustancias bituminosas suficientes para arder en los hogares mezcladas con los lignitos a poco de encendidos y posteriormente, cuando alcanzaban elevadas temperaturas, servían ellas solas para hacer funcionar los hornos, con la sorprendente economía que es de suponer.

 

            Como quiera que las vetas de pizarra azufrosa se extinguían y las consiguientes explotaciones no daban el resultado apetecido para ser rentable la extracción del amarillo producto, paulatinamente se fueron reduciendo los mineros y personal adscrito a la industria, hasta desaparecer totalmente hacia el año 1965, en que fueron cerrados todos los locales de la factoría y abandonadas las viviendas a su suerte, hasta el extremo que en 1970, aquello que en su día y durante años fue emporio de riqueza industrial y de trabajo para muchas personas de los pueblos citados del contorno, desapareció totalmente, destruyéndose las abandonadas edificaciones de la factoría, las viviendas, y establecimientos del Barrio, incluso la Iglesia, apoderándose de puertas, ventanas y tejados, comprobando personalmente cuando visité en agosto de 1979, que sólo quedaban en pie hiladas de paredones de edificios,  con calles y solares cubiertos de árboles silvestres y matojos.

 

            Al parecer, en 1981, auxiliados los técnicos por los modernos procedimientos de prospección subterránea, han detectado en las profundas perforaciones venas pizarrosas con suficiente riqueza para hacer rentable su extracción e industrialización, halagüeña esperanza de nuevo resurgimiento del complejo minero que ocuparía considerable mano de obra indígena y foránea, tan importante en estos momentos de recesión laboral.

 

            Sobre el desaparecido Barrio de la Minas, un escritor hacía constar el año 1959 que ..."contaba con 342 habitantes, 77 viviendas, 18 edificios más, y que la distancia al lugar era de 6 kilómetros y medio."

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